Dislexia sin Complejos

jueves, octubre 22, 2009

De la prevalencia de la dislexia

Uno de los criterios de búsqueda más frecuentes por los que os acercáis a este blog es para tratar de encontrar una respuesta a la incidencia, la prevalencia o la frecuencia con que se presenta la dislexia en la población. El término incidencia no es adecuado debido a que sería el número de casos nuevos detectados en un período de tiempo determinado. En cambio, la prevalencia indicaría el porcentaje de individuos que presentan esa característica (dislexia en este caso) con respecto a una determinada población. En Internet encontramos cifras de lo más variopintas al respecto y siempre manejando intervalos: de un 10-15%; de un 15-20%; etc. La verdad es que no son cifras reales y, además, se encuentran muy infladas.
Para empezar, no hay estudios amplios de población para valorar la prevalencia de la dislexia ni de las otras dificultades de aprendizaje (DA). En la mayoría de los casos los resultados son estimaciones sobre poblaciones muy pequeñas y, generalmente, sesgadas. Por ejemplo, si nosotros trabajamos con niños que presentan una DA, como tendremos unos cuantos, tenderemos a sobreestimar que para la población general el número de casos será tan elevado como la proporción de casos con DA que nosotros vemos.
Tim Miles, Profesor Emérito de Psicología de la Universidad de Gales, es el autor de Algunos problemas en determinar la prevalencia de la dislexia (Revista Electrónica de Investigación Psicoeducativa y Psicopedagógica. Nº 2 (2), 5-12). En este trabajo destaca cualquier cifra que se mencione en cuanto a la prevalencia de la dislexia depende ne­cesariamente de cómo se define la palabra “dislexia”. Sobre esta cuestión ya hemos tratado el tema con anterioridad en otro blog. Partiendo de los criterios de Critchley (The Dyslexic Child. London: Heinemann Medical Books, 1970) para definir la dislexia evolutiva, surgen dificultades en determinar la difusión de la dislexia por las siguientes razones: (i) la condición se muestra de formas dis­tintas en distintos idiomas; (ii) valoraciones completas, las suficientes para llegar a una medi­da de la difusión, serían una carga pesada sobre los recursos disponibles; (iii) la situación se complica aún más por la existencia de variantes de la dislexia –ligeros casos que a veces ocu­rren entre los familiares de los más profundamente afectados.
Miles ha sido uno de los participantes en el British Births Cohort Stu­dy, en el que fueron seleccionados los niños que nacieron en Inglaterra, Gales y Escocia durante la semana del 5 al 11 de abril de 1970. Al principio había más de 14.000 niños, y en el momento del seguimiento en 1980, había datos educati­vos disponibles para 12.905 niños. Este estudio, el cual continúa abierto porque se están estudiando muchas otras cosas, es, hasta donde sabemos, el más amplio que se ha hecho sobre DA y dislexia en concreto.



De los 12.905 niños del estudio, 3.200 resultaron ser de baja capacidad en las pruebas de inteligencia, y, aunque por supuesto es posible que un niño de baja capacidad también sea disléxico, decidimos (después de mucha dudas) excluir a estos niños de nuestro análisis, por el motivo de que la “baja capacidad” es un factor complicador añadido. Otros 757 se les tuvo que excluir del análisis por datos parciales. Por lo tanto, había datos para un total de 8.947 niños que fueron repartidos en los diferentes grupos que se muestran en la tabla 1 tomada del trabajo de Miles en función de los resultados de una serie de pruebas convencionales de lectura, orto­grafía y de inteligencia, junto con cuatro ítem de pruebas que creíamos que eran indicadores de la dislexia en el contexto de pésimos niveles de rendimiento en la lectura o la ortografía.
Del análisis de los resultados obtenidos, Miles sugiere una cifra de 3% para los casos graves, con otro 6% si se incluyen todas las variantes y casos marginales. Aunque como muy bien añade hay que subrayar las limitaciones del estudio. En un estudio para valorar si una persona es o no disléxica se emplean una gran batería de test que suele requerir unas cuántas horas. La minuciosidad de este tipo de estudios, su aplicación en una amplia población (12.905 niños), requeriría unos recursos incalculables que obligan (obligaron) a simplificar los criterios diagnósticos de dislexia. En cualquier caso, y sumando ambos conjuntos, Miles y colaboradores obtuvieron una prevalencia del 9% (casos graves, diferentes variantes y casos marginales) en una lengua, como es el inglés, nada transparente. Para lenguas transparentes como es el caso del español, el porcentaje o la prevalencia es, sin duda, bastante menor.

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